Writing cure: cuento
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jueves, 12 de septiembre de 2013

La inspiración en la patata

Un día andaba tranquilamente por la ciudad gris y transitada, como lo hacen todos los habitantes de las ciudades grises y transitadas: ir deprisa y pensar solamente en el sitio adonde se dirigen. Pero, como quien no quiere la cosa, me topé con un obstáculo sorprendente: al bajar los ojos, me encontré con una patata. No era ni pequeña ni mediana, era más bien grande; y tenía algunas raíces restantes de haberlas sacado directamente del campo. ¿Qué hacía una patata recién sacada del campo en una ciudad tan, pero que tan grande? Decidí dejarla en un banco, fuera del suelo, ya que podría ser susceptible de pisotones o chutadas de los niños pequeños.

Llegué a casa y aún no me había sacado la patata de la cabeza. La patata. No me paraba de hacer preguntas sobre la patata como ahora: ¿estará segura en el banco? ¿alguien la habrá sacado de allí? ¿pasará frío?. Pero realmente, ¿qué era una patata para nosotros, una palabra o un objeto? ¿Algo más que un tubérculo o simplemente un tubérculo? Decidí, para despejar mis dudas, buscar la palabra "patata" en el diccionario. Entonces encontré esto:

1. f. Planta herbácea anual, de la familia de las Solanáceas, originaria de América y cultivada hoy en casi todo el mundo, con tallos ramosos de cuatro a seis decímetros de altura, hojas desigual y profundamente partidas, flores blancas o moradas en corimbos terminales, fruto en baya carnosa, amarillenta, con muchas semillas blanquecinas, y raíces fibrosas que en sus extremos llevan gruesos tubérculos redondeados, carnosos, muy feculentos, pardos por fuera, amarillentos o rojizos por dentro y que son uno de los alimentos más útiles para el hombre.

2. f. Cada uno de los tubérculos de esta planta.

Llegué a la conclusión que una simple patata o algunas más llegaron de América, una vez se inició el comercio con sus colonias, después gustaron mucho, y las personas las compraban. Luego alguien tuvo la idea de pelarlas, otro alguien de hacerlas hervidas, otra persona pensó en freírlas, luego otra meterlas en el horno, y quizá alguien inventó la freidora tan sólo para freírlas mejor.  Llegué a la conclusión que de simples cosas, como una patata, se llegaron a construir grandes cosas. Acto seguido, volví a pensar en la patata que había dejado en el banco, y me entró una especie de nostalgia. Quizá debería de haber cogido la patata, llevarla a casa, lavarla, tejerle un jersey de lana y ponerla a dormir en un lugar seguro.

Entonces el miedo empezó a invadirme. Me encontraba alejado de la patata desde hacía más o menos tres horas, ¿y si le hubiese ocurrido algo? Tenía la gran corazonada de que esa patata sería importante para mí y de que me aportaría nuevas ideas, y creía que tenía el deber moral de rescatarla. Imaginé que un neurótico habría petado de rabia al ver algo tan absurdo como una patata sentado en un banco y que la habría tirado a la basura, que unos niños la habrían usado para tirarla a otro niño o para jugar al fútbol; que quizá un artista la habría pintado, que un fotógrafo la habría fotografiado y habría llamado a su obra "La soledad de la patata"; que un escultor se la habría llevado a su taller para hacer una escultura bellísima y exponerla en Nueva York... Finalmente decidí echarme a correr hasta llegar al sitio donde la había encontrado. Por suerte, estaba sana y salva. La llevé a casa, la lavé cuidadosamente y la puse en una cajita en el comedor.

Meses después (y no sé porqué, después de tanta absurdidez) abría una factoría de patatas disecadas, en la cual las convertía en muñecos tanto para niños pequeños como para no tan pequeños, y donde podrían ser creativos y diseñar sus propios personajes.

Hay quien ve en las cosas absurdas y puramente cotidianas una molestia, una rabia, algo donde pegar golpes; pero hay otros que ven en ellas una oportunidad increíble, un juego, una diversión, mediante la creatividad. 



jueves, 8 de agosto de 2013

Contexto histórico

Muchas son las anécdotas que voy recogiendo día a día, a través de las cuales elaboro reflexiones. Forma parte de mi modus operandi: intento analizar las situaciones lo más pragmáticamente posible y extrapolar alguna lección o observación. Entonces, en mi cesta de momentos a destacar y entorno los cuales reflexiono he encontrado uno que he hecho reposar como el vino, por tal que, con la espera, pueda obtener un resultado más o menos bueno.

Todo empezó cuando tuve una invitada muy especial en mi casa. Antes que esta llegase, observé que misteriosamente habían dejado un libro encima del sofá que trataba sobre una larga lista de sucesos históricos a través de fotografías ordenadas cronológicamente y que marcaban puntos importantes de nuestra historia contemporánea: Armstrong pisando la Luna, los tremendos efectos del crack del 29 en Estados Unidos, Einstein sacando la lengua ante la cámara, la construcción del Empire State. Y yo, bien interesada, me incliné a observarlo, a leer sus descripciones y a pasar la página con un movimiento repetitivo y delicado de los dedos. Una vez lo dejé, repasado y bien repasado, encima de uno de los imponentes cojines del sofá, llegó la famosa invitada. Ella tuvo una expresión de gran interés, mediante unos ojos maravillados mientras miraba la portada, llena de fotos en blanco y negro, quedó cautivada por su belleza.  Y ella, girando las páginas con mucha velocidad, de forma desastrosa y con poca delicadeza, comenzaba a exclamar: "¡ay, qué chulo!, ¡Has visto chica, qué bonita esta foto, qué bonita la mujer que aparece en ella? ¡Siempre he creído que esta tal Audrey Hepburn es muy guapa!".

Al oír estos vocablos con énfasis y fascinación superficial me quedé helada como un iceberg. Medio indignada y sorprendida, intenté calmarme y pensar: "Es normal. Mirar todo el día la televisión, criticar todos los personajes que aparecen allí y sus vestimentas tiene sus efectos". Y entonces, tras dar vueltas momentáneas al asunto, llegué a la conclusión que ese ser en mi sala de estar no era más que una muestra del poder de los medios de comunicación en las clases populares, haciéndoles preocupar por cosas tan mundanas como el físico, mientras que lo que realmente importa son la transcendencia de los hechos. Son los presos de dentro de la caverna, adultos o niños. Mujeres sumergidas en programas de belleza y en series de mujeres amargadas y desesperadas.

Entonces le dije:

- Este libro no es solamente de fotografía. Es de historia contemporánea.

Se puso de morros y, desinteresada, lo cerró de un golpe y lo dejó en el mismo sitio donde lo había dejado, decepcionada.

Y es que a veces nos preocupamos por cosas tan irrelevantes...